Espectaculares en guerra, ciudadanos en pausa

A un año de la elección, Querétaro amanece tapizado. No de propuestas, sino de rostros. La guerra de espectaculares ya empezó: avenidas, carreteras, bardas en colonias y en comunidades. Todos quieren ganar la batalla por la retina antes que la batalla por el voto.

El espectacular como grito desesperado

El espectacular es el recurso del que ya no tiene tiempo. Cuando no hay estructura territorial sólida ni narrativa que conecte, se compra altura. Diez metros de lona para decir lo que no se pudo construir en tres años de trabajo de calle, sin decir de aquellos que utilizan las redes para despotricar (ese será tema para otra columna). El problema: todos pensaron lo mismo, al mismo tiempo. Y cuando todos gritan, nadie se escucha.

En 5 de Febrero, Bernardo Quintana y la México-Querétaro, el paisaje es el mismo: sonrisas ensayadas, slogans genéricos —“Lo bueno viene”, “Es tiempo de resultados”, “Cerca de ti”— y un nombre que compite con otros cuatro en el mismo kilómetro. Es la política convertida en catálogo de aparadores.

La indiferencia como respuesta racional

Frente a esa saturación, el ciudadano no se enoja: se desconecta. La indiferencia del espectador no es apatía, es autodefensa. Después del tercer espectacular idéntico, el cerebro lo clasifica como “ruido visual” y lo borra. El elector queretano, que ya vio campañas caras y gobiernos cortos, desarrolló un filtro: si solo te vi en la lona, no existes en la boleta.
Los partidos confunden presencia con preferencia. Creen que “estar” es lo mismo que “convencer”. Pero el espectacular no resuelve dudas, no aclara posturas sobre agua, movilidad o seguridad. Solo confirma una cosa: hay dinero para campaña. Y eso, en 2026, ya no es mérito.

El costo de la guerra que nadie está ganando

Esta batalla tiene dos perdedores claros. Primero, la ciudad. El exceso de anuncios contamina, distrae y empobrece el espacio público. Segundo, los propios partidos. Queman presupuesto y desgastan imagen antes de que arranque formalmente el proceso.
Para junio de 2027, esos rostros llevarán 12 meses en la calle. El hartazgo será su principal adversario.
Mientras, el ciudadano sigue con sus problemas reales: el tiempo de traslado a Santa Rosa Jáuregui, el recibo de agua, la falta de oportunidades en la Sierra o en el semidesierto. Nada de eso cabe en un espectacular de 12×4.

Conclusión: menos altura, más piso

La guerra de espectaculares exhibe desesperación y provoca indiferencia. Es un círculo caro e inútil. El partido que entienda primero que la calle no se gana desde arriba, sino caminándola, tendrá ventaja. Porque en Querétaro el voto todavía se pide viendo a los ojos, no desde una lona.
Cuando los espectaculares callen —por ley o por presupuesto—, quedará solo una pregunta: ¿quién hizo la tarea cuando nadie lo estaba viendo?

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